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Editorial del día — Boliviamartes, 13 de octubre de 2026

La noticia llega por la vía del género policial, que es la que la prensa internacional reserva para Bolivia cuando no encuentra otra. Un fiscal general interino, José Armando Urioste, anuncia a una semana de asumir el cargo una investigación preliminar contra Evo Morales y Álvaro García Linera por los presuntos delitos de asesinato, abuso, tortura y detención ilegal. Los hechos que la motivan ocurrieron en 2009, cuando un operativo policial en un hotel de Santa Cruz terminó con tres extranjeros muertos —el boliviano-croata Eduardo Rózsa Flores, el irlandés Michael Dwyer y el húngaro-rumano Árpád Magyarosi— y dos sobrevivientes, el también boliviano-croata Mario Tadic y el húngaro Elöd Tóásó, que denunciaron haber sido torturados tras su detención. El texto, firmado por el feed que distribuye la información, reconstruye el episodio con los elementos que entonces dio el propio Morales: la tesis de una célula separatista financiada por la élite económica cruceña, y la declaración del presidente, en visita oficial a Venezuela, de que había ordenado detener a unos mercenarios.

Lo nuevo no es el caso. Lo nuevo es que el expediente, diecisiete años después, apunta hacia arriba. La investigación se abre a partir de una denuncia de dos legisladores de derecha, Tomasa Yarhui y Rodrigo Antonio, y el fiscal que la firma lleva siete días en el puesto. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos ya había concluido en 2021 que el Estado boliviano violó derechos humanos en este asunto. Es decir: existe un pronunciamiento internacional previo, y lo que hoy se anuncia es la traducción de esa condena en un proceso penal interno contra los dos hombres que entonces gobernaban. Ese es el dato que la prensa extranjera subraya, y lo subraya con una economía de contexto que conviene examinar.

Porque el encuadre dominante es el de la paradoja personal. Morales, dice el despacho, fue el primer indígena en presidir Bolivia y hoy está prófugo de dos órdenes de detención: una por su presunta responsabilidad en las protestas que paralizaron el país durante 53 días este año, otra por trata de una menor con la que se le atribuye una hija. El texto consigna que Morales niega los cargos y que ninguno de los acusados se ha pronunciado sobre la pesquisa recién abierta. La narrativa que se dibuja es la del antiguo líder perseguido por la justicia, con el añadido de que ahora la persecución incluye un caso de 2009 que parecía cerrado. Es un relato eficaz y no del todo falso, pero deja fuera la mitad del asunto: que la causa no nace de una fiscalía militante ni de un gobierno en ejercicio, sino de una denuncia parlamentaria y de un pronunciamiento de la CIDH que tiene cinco años. La prensa internacional prefiere el arco del caudillo que cae al trámite judicial que avanza.

Hay además un silencio que merece señalarse. El despacho no menciona el contexto político inmediato: quién gobierna hoy Bolivia, qué relación tiene el fiscal interino con el poder de turno, por qué la denuncia la firman dos legisladores de derecha y no una fiscalía de oficio. Tampoco pregunta por qué el caso se reactiva ahora y no antes, ni qué dice el gobierno actual sobre una investigación que toca a su antecesor y principal adversario. La pieza trata el anuncio como un hecho institucional neutro, cuando en un país donde la justicia y la política se han entrelazado durante décadas ese anuncio es, en sí mismo, un acto político. La omisión no es malintencionada; es el resultado de mirar Bolivia desde la categoría de «caso Morales» y no desde la de «sistema judicial boliviano».

Lo que la mirada extranjera acierta, en cambio, es en no dar por buena la versión oficial de 2009. Durante años, la tesis del complot separatista financiado por la élite cruceña circuló como verdad establecida. Que hoy un fiscal boliviano investigue a quienes la sostuvieron y ordenaron el operativo devuelve al caso su condición de materia disputada. La prensa internacional registra ese giro con sobriedad, sin celebrarlo ni condenarlo, y en eso hace bien. El problema no es el escepticismo: es que ese escepticismo se aplica al pasado y no al presente. La misma distancia crítica que hoy se usa para revisar el operativo de 2009 debería usarse para examinar la oportunidad de la investigación de 2026.

Bolivia comparece hoy en el tablero por un expediente que la justicia de su propio país reabre, y eso ya es una noticia mejor que la ausencia de otras jornadas. Pero conviene decirlo con franqueza: la prensa extranjera no está mirando a Bolivia. Está mirando a Evo Morales, y Bolivia es el escenario donde su biografía se complica. Mientras el foco siga puesto en el personaje, el país seguirá apareciendo en los titulares como telón de fondo de un drama ajeno.

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