Hay algo casi conmovedor en la manera en que el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo entiende la comunicación. Este miércoles, ante las cámaras de la televisión oficialista, se exhibió al obispo emérito Abelardo Mata, desaparecido durante cuarenta días, y la propaganda quiso mostrar que lo "están atendiendo bien", que permanece tranquilo en su vivienda. El reportaje de El País América recoge la escena con el debido escepticismo, pero lo que resulta difícil de registrar en un titular es la pobreza del gesto: un régimen que durante cuatro décadas ha perfeccionado la represión no sabe improvisar una prueba de vida sin que se le transparente la coacción. La entrevista la conduce un diputado oficialista, se emite un día después de que la CIDH pidiera a la Corte IDH medidas urgentes, y la única voz que se escucha es la del propio interrogador. Bastaría con preguntar por qué el obispo no habla directamente, o por qué no hay fechas ni testigos independientes, para que el simulacro se derrumbe. Pero el régimen cree que la sola imagen es suficiente.
La exhibición de Mata, sin embargo, no es un hecho aislado. Los demás titulares de la prensa extranjera de hoy trazan un régimen que, mientras muestra a un obispo "tranquilo", avanza sin pausa en la consolidación de su proyecto: Rosario Murillo confirma la reforma constitucional para alargar mandatos y permitir reelecciones; la misma Murillo arremete contra la oposición y la bautiza como "los nadie"; Managua inaugura un monumento a Fidel Castro; y una antigua sede cafetalera de Masatepe se convertirá en Museo de la Revolución. Leídos en conjunto, los despachos de Infobae América y El País América ofrecen una estampa de un poder que no se molesta en matizar: construye símbolos, reescribe reglas, desprecia al adversario y, en el paréntesis de un televisor, pretende resolver la desaparición de un obispo con una entrevista amable.
Lo genuinamente nuevo en el encuadre extranjero de hoy no es la denuncia de la represión, que viene de lejos, sino la evidencia de que el régimen comienza a asumir el costo de la atención internacional. Qué otra cosa explicaría que la aparición de Mata se programara justamente después del pronunciamiento de la CIDH. El régimen no responde a los organismos, no entrega informes, no permite verificaciones; en su lugar, monta un número de televisión. Esa es la paradoja que la prensa deja ver casi sin subrayarla: un Estado que se proclama soberano y desprecia a la comunidad internacional, pero que ajusta su puesta en escena al calendario de las presiones foráneas. Es una debilidad disfrazada de indiferencia, y quizá por eso la propaganda resulta tan torpe: quien tiene la certeza del poder verdadero no necesita actuar la normalidad.
Lo que la mirada extranjera omite en este despliegue de titulares es menos un dato que un contexto: la maquinaria simbólica del régimen —el monumento a Castro, el museo, la reforma que garantiza la perpetuidad— habla de un proyecto que se piensa a largo plazo, mientras que la exhibición del obispo habla de una urgencia inmediata. Los dos ritmos conviven en la misma jornada informativa, y ahí reside el contraste que merece un editorial. La prensa internacional suele retratar a Nicaragua como una dictadura que no tiene nada que demostrar; las noticias de hoy sugieren que, al menos en algún rinc