La mirada extranjera sobre Uruguay suele oscilar entre dos extremos: el de la excepcionalidad —ese pequeño país donde la democracia funciona, el fútbol es romántico y los índices sociales son envidiables— y el de la amenaza latente, ese territorio donde, de pronto, los problemas de la región se hacen visibles con una crudeza que desmiente el mito del paraíso. El encuadre que hoy ofrece Infobae América no es una excepción, pero sí un síntoma de cómo la prensa internacional prefiere reducir a Uruguay a un escenario de violencia que, en rigor, no es nuevo, aunque sí más visible. Cuatro homicidios en menos de 24 horas, un niño de ocho años muerto por el impacto de un proyectil de aire comprimido, y un hombre que, tras dos intentos previos, sobrevivió a un tercer ataque con armas de fuego no son, en sí mismos, hechos aislados. Son, en cambio, la materialización de una tendencia que los medios extranjeros suelen destacar cuando les conviene: la de un país que, pese a su reputación de estabilidad, no logra escapar a la espiral de violencia que azota a la región.
Lo llamativo no es tanto la crudeza de los hechos —el periodismo uruguayo ya los ha documentado con detalle—, sino el modo en que se subrayan los detalles más sensacionalistas para reforzar un relato que, en otros contextos, sería presentado como un fracaso estatal. Infobae América, por ejemplo, insiste en la frecuencia de los tiroteos en barrios periféricos como Flor de Maroñas o Peñarol, donde los vecinos describen escenas de balaceras con fusiles en horas de la tarde, como si el mero hecho de que ocurran a la luz del día fuera una novedad. La vecina que llora mientras recuerda que hace poco prendieron fuego un auto en su barrio no es una fuente cualquiera: es la voz de un país que, para la prensa extranjera, parece haber perdido el control. Lo que el medio omite, en cambio, es el contexto estructural de estos crímenes: la concentración de la pobreza en zonas marginales, la presencia de bandas criminales que operan con impunidad en áreas limítrofes con Brasil, y la dificultad de una policía que, pese a los avances en inteligencia, sigue operando con recursos limitados.
El caso del niño de ocho años muerto en Rivera por un disparo de rifle de aire comprimido es, sin duda, el más conmovedor —y el más explotable mediáticamente—. Que el proyectil le haya entrado por el ojo y que la familia lo encontrara herido en su cuarto tras escuchar un ruido son detalles que, en otro país, quizá hubieran merecido un análisis más profundo sobre el acceso a armas de fuego y la cultura de la violencia en zonas rurales. Pero en el relato de Infobae América, estos elementos se convierten en un mero dato que refuerza la idea de un Uruguay donde la violencia es aleatoria, impredecible y, sobre todo, incontrolable. Lo que no se dice es que, en muchos de estos casos, las muertes no son el resultado de un crimen organizado sofisticado, sino de conflictos personales que escalan hasta convertirse en tragedias. El hombre de 59 años asesinado en Flor de Maroñas, por ejemplo, tenía un incidente previo con otro individuo; el joven de 20 años en Peñarol no tenía antecedentes penales graves, pero sí un historial de delitos menores. La prensa internacional prefiere omitir estas matices para presentar un país donde la violencia es, ante todo, un síntoma de una sociedad en descomposición.
El tercer intento de asesinato contra un mismo hombre en la Ciudad Vieja de Montevideo —esta vez a metros del hospital Maciel— es, quizá, el episodio más revelador de cómo la prensa extranjera construye narrativas. Que el atacado sea un delincuente que ya había sobrevivido a dos intentos de homicidio no parece importar; lo que importa es subrayar la recurrencia de estos hechos para pintar un cuadro de inseguridad crónica. Infobae América menciona que el hombre había estado preso en el Comcar y que su liberación en septiembre de 2025 desencadenó la ola de violencia, pero no profundiza en las causas de su conflicto ni en la posible conexión con el crimen organizado. En cambio, el medio prefiere destacar que el ataque ocurrió en una zona céntrica de Montevideo, como si el simple hecho de que haya ocurrido cerca de un hospital público fuera una prueba de que la violencia ha llegado a los lugares más insospechados.
Lo que la prensa internacional omite sistemáticamente es que Uruguay, pese a sus problemas, sigue siendo uno de los países más seguros de América Latina. Las estadísticas de homicidios, aunque preocupantes, están lejos de los niveles de países como El Salvador, Honduras o Brasil. Sin embargo, cuando un medio como Infobae América elige titular con frases como "cuatro homicidios en pocas horas", no busca informar, sino generar impacto. Y en ese afán, termina distorsionando la realidad: Uruguay no es un país al borde del colapso, pero tampoco es el oasis que algunos quieren vender. Es, simplemente, un país con problemas que, como el resto de la región, lucha por encontrar soluciones en medio de una violencia que, a veces, parece inevitable.
La ironía final está en que, mientras la prensa extranjera se obsesiona con estos episodios puntuales, ignora los avances que Uruguay ha logrado en otras áreas. No hay mención, por ejemplo, a los esfuerzos por reformar el sistema penitenciario, a las políticas de descentralización que intentan llevar desarrollo a las zonas más pobres, o a los programas de reinserción social que, aunque imperfectos, existen. Para el periodismo internacional, Uruguay parece ser un país condenado a ser juzgado por sus peores momentos, nunca por sus logros. Y en ese juego de espejos, el país termina siendo, una vez más, un reflejo distorsionado de lo que el mundo quiere ver.