La prensa internacional suele abordar Paraguay con la misma precisión con la que un turista toma fotos de un paisaje: encuadra lo exótico, lo dramático o lo que confirma un prejuicio previo, y rara vez se detiene a examinar las grietas del encuadre. Hoy, el país vuelve a aparecer en los titulares extranjeros no por su crecimiento económico, ni por su fútbol, ni por sus logros en infraestructura, sino por una estadística que, en el mejor de los casos, se presenta como un testimonio de fracaso social y, en el peor, como un dato más en una lista global de violencias normalizadas. Infobae América, en un artículo que no es sensacionalista pero tampoco indaga más allá de lo inmediato, informa que en Paraguay se han registrado 17 femicidios en lo que va de 2026, dejando 33 huérfanos. El dato, en sí mismo, es suficiente para activar el mecanismo de la reprobación internacional: mujeres asesinadas por sus parejas, ex parejas o familiares; armas blancas y de fuego como herramientas; viviendas y espacios públicos como escenarios de muerte. No hay aquí ninguna revelación, ninguna sorpresa, solo la confirmación de que Paraguay, como tantos otros países de la región, forma parte de un patrón continental que la prensa extranjera suele cubrir con un tono entre la denuncia y la resignación.
Lo llamativo no es el hecho en sí, sino la manera en que se narra, que reproduce un guión conocido: el femicidio como noticia de registro, un fenómeno que se cuenta con estadísticas frías pero sin contexto, sin análisis de las causas estructurales que lo sostienen, sin cuestionamiento sobre la respuesta institucional. El medio enumera las edades de las víctimas —de 12 a 80 años— y de los agresores —entre 18 y 80—, como si el dato demográfico fuera suficiente para entender la gravedad del problema. Pero no hay mención a políticas públicas fallidas, a la falta de refugios para mujeres en riesgo, a la lentitud de la justicia, a la impunidad que rodea estos crímenes. Tampoco se profundiza en por qué, en un país donde el 70% de la población se identifica como católica, la violencia de género sigue siendo un problema sistémico. La noticia se limita a ser un espejo que refleja una realidad incómoda, pero sin preguntarse por los mecanismos que la perpetúan.
El enfoque, además, tiene un sesgo revelador: la violencia machista en Paraguay no se presenta como un problema de Estado, sino como un fenómeno aislado, casi naturalizado. No hay comparación con otros países de la región, ni un análisis de cómo la pandemia o la crisis económica pudieron haber exacerbado estas cifras. No hay voces de activistas, ni de expertas en género, ni de funcionarios que den cuenta de los avances o retrocesos en la materia. Solo datos crudos, como si la tragedia fuera un hecho aislado y no el resultado de décadas de políticas públicas insuficientes y de una cultura que aún ve a la mujer como propiedad. La prensa extranjera, en este caso, no está contando una historia nueva, sino repitiendo una fórmula que ya ha sido usada en otros países: el femicidio como noticia de impacto, pero nunca como un llamado a la acción.
Lo más irónico es que este encuadre coincide con un momento en el que Paraguay, en otros ámbitos, es presentado como un país que desafía los pronósticos. Hace apenas unos meses, la prensa destacaba su inflación negativa o el crecimiento de sus zonas francas, como si el éxito económico pudiera compensar la violencia social. Hoy, en cambio, el país vuelve a ser retratado desde su lado más oscuro, como si la única forma de llamar la atención internacional fuera a través del drama humano. La paradoja es evidente: Paraguay es un país que, para el mundo, solo existe cuando confirma un estereotipo, ya sea el del milagro económico o el de la tragedia social.
Quizás lo más revelador de este encuadre es lo que omite. No hay una reflexión sobre cómo la violencia de género en Paraguay es, en parte, el reflejo de un Estado que prioriza otros temas —como el agronegocio o la integración regional— en detrimento de políticas sociales urgentes. No hay un análisis sobre cómo la migración interna, especialmente de mujeres jóvenes hacia las ciudades, ha generado bolsas de vulnerabilidad que nadie atiende. No hay una pregunta incómoda sobre por qué, en un país donde el 40% de la población vive en zonas rurales, las mujeres en áreas remotas tienen menos acceso a la justicia y a la protección. La prensa extranjera, en su afán por simplificar, prefiere quedarse con el dato frío, con la estadística que duele, pero sin indagar en las raíces del problema.
Así, Paraguay sigue siendo para el mundo un país de contrastes: el de la economía estable y el de las mujeres asesinadas; el del desarrollo agroexportador y el de los hogares rotos por la violencia; el de la estabilidad macroeconómica y el de la justicia que falla. Pero estos contrastes no son casuales. Son el resultado de un país que, en su afán por ser visto como una excepción en la región, termina reproduciendo los peores patrones de la desigualdad. La prensa internacional, al repetir este encuadre día tras día, no hace más que confirmar que, para el mundo, Paraguay solo existe cuando se ajusta a un molde predeterminado: o es el país que sorprende con sus números, o es el país que decepciona con sus tragedias. Nunca es, simplemente, un país en construcción, con luces y sombras como cualquier otro.