La prensa extranjera ha vuelto a colocar hoy a Ecuador en su radar con dos titulares que, leídos en conjunto, dibujan un país incómodo. El primero es el de siempre, el de la cocaína: casi media tonelada incautada en la frontera con la imagen de Erling Haaland estampada en el cargamento, un detalle que convierte el narcotráfico en una pieza de color para el consumo informativo global. El segundo, sin embargo, es de otra naturaleza. Infobae América dedica su espacio al caso de Mónika Silva, una activista polaca encontrada muerta en Montañita, y el relato no es el de un golpe policial exitoso sino el de una investigación que se arrastra, un expediente sellado y un cuerpo que la familia lleva más de dos meses esperando que le sea entregado. Es ahí, en ese segundo titular, donde la mirada extranjera encuentra un ángulo que vale la pena examinar.
La historia que cuenta el artículo de Infobae tiene todos los ingredientes de una negligencia que se va volviendo sospecha. El 8 de junio, la activista de 41 años aparece sin vida en una vivienda del sector El Tigrillo. En las primeras horas, el ministro del Interior, John Reimberg, menciona públicamente la hipótesis del suicidio, alimentada por información preliminar de la Policía. Pero la autopsia descarta ese escenario: asfixia mecánica por constricción del cuello, otras lesiones, muerte violenta. La investigación pasa a protocolo de femicidio. El problema, para la familia y para cualquier lector atento, es que esa rectificación no vino acompañada de velocidad ni de transparencia. Dos meses después, el cadáver sigue bajo custodia forense, los estudios histopatológicos y toxicológicos están pendientes, y la Fiscalía no ha informado sobre ningún procesado ni sobre el móvil.
El encuadre internacional subraya