La prensa internacional que hoy recorta su lente sobre Costa Rica parece decidida a ajustar el foco en un solo sector: el de la salud de élite. El reportaje de Infobae América sobre el avance de Radioterapia Siglo XXI como polo de turismo médico oncológico no es, en sí mismo, una novedad —el país lleva años promocionándose en este nicho—, pero sí marca un giro en el relato externo: ya no se trata de vender playas o ecoturismo, sino de posicionar a Costa Rica como un hub de alta tecnología médica, capaz de atraer a pacientes desde países donde la oncología de precisión escasea o es prohibitiva. La certificación Novalis Certified, concedida a un solo centro en Centroamérica, y la mención de que el país recibe enfermos de Estados Unidos, Canadá, India o Rusia funcionan como avales de un modelo que, en el imaginario global, suele asociarse a destinos como Israel, Alemania o Singapur. Lo curioso no es la proeza técnica —que lo es—, sino el silencio que la acompaña: no hay en el texto exterior ninguna referencia a las colas de meses en la Caja Costarricense de Seguro Social, ni a los recortes presupuestarios que han dejado sin medicamentos a pacientes crónicos dentro del país. La mirada extranjera elige, una vez más, mostrar solo el escaparate de lujo, ignorando el taller que hay detrás.
Lo más revelador, sin embargo, no está en lo que se dice, sino en lo que se omite. El mismo medio que celebra la precisión milimétrica de la radiocirugía en Costa Rica publica hoy otra nota sobre las condiciones carcelarias en el país, donde dos reclusos denuncian torturas antes de ser extraditados a Estados Unidos. La yuxtaposición no es casual: mientras un sector de la prensa internacional insiste en vender la imagen de un Costa Rica eficiente y seguro —capaz de certificar equipos médicos o modernizar quirófanos—, otro segmento, igual de influyente, recoge las grietas de un sistema que no logra garantizar derechos básicos ni dentro ni fuera de sus cárceles. El contraste es tan brutal que casi parece una estrategia de marketing inverso: por cada titular que exalta la innovación oncológica, otro recuerda que el país sigue siendo, para muchos, un lugar donde la corrupción y la violencia institucional persisten. La dualidad, sin embargo, no es nueva. Lo que sí sorprende es que, en esta ocasión, el foco extranjero no se detiene en la dicotomía entre pobreza y progreso, sino en la brecha entre la excelencia privada y el abandono público. Y eso, al menos, merece un análisis.
Hay otro detalle que pasa desapercibido en el relato dominante: el turismo médico no es solo un negocio para clínicas y hoteles, sino también un termómetro de la desigualdad global. Que pacientes de Nicaragua o del Caribe viajen a Costa Rica para tratamientos que no pueden costear en sus países dice tanto de la solidez del sistema costarricense como de la precariedad de los sistemas sanitarios en la región. Pero la prensa extranjera, cuando aborda el tema, rara vez profundiza en esta dimensión geopolítica. Prefiere subrayar las certificaciones y los dólares que deja la industria, como si el flujo de pacientes fuera un fenómeno neutro y no el síntoma de un continente donde la salud pública se ha convertido en un lujo. La Cámara Costarricense de la Salud, citada en el artículo, celebra que el turismo médico genere 465 millones de dólares anuales, pero no menciona que esos recursos no revierten en el sistema público, donde la saturación y los recortes son moneda corriente. El lector internacional se queda con la cifra, no con la contradicción.
El editorial de hoy podría terminar aquí, con una reflexión sobre cómo la prensa foránea reduce a Costa Rica a dos narrativas excluyentes: la del paraíso tecnológico y la del caos institucional. Pero hay un matiz que no conviene ignorar. El mismo país que exporta servicios médicos de alta gama es el que, según otros titulares del día, ve cómo sus cárceles se convierten en fábricas de uniformes para reclusos de máxima seguridad, o cómo una diputada reduce a sus colegas a meras "damas de compañía". La ironía, si cabe, es que estos últimos hechos —menos "vendibles" para el turismo internacional— terminan dibujando un retrato más honesto de la Costa Rica real: un país donde la modernización convive con el autoritarismo, la innovación con el clientelismo, y donde el progreso, cuando llega, rara vez es para todos. La prensa extranjera, al elegir qué mostrar, no miente. Solo elige mentir por omisión.