Hay una escena que la prensa extranjera elige hoy para contar Argentina, y no es la de un estadio ni la de una cumbre. Es la de una profesora de química de 84 años, Marta Sahores, sosteniendo un cartel en Esquel que dice que la tierra no se vende. El diario que publica el texto completo de esa escena —el que titula con la frase «se llevan nuestra agua, nuestra tierra»— construye con ella un marco preciso: la «extranjerización» como conflicto central del país, y a Javier Milei como su facilitador. Es un encuadre nítido, con cifras, con nombres, con un mapa. Y, como todo encuadre, deja cosas afuera.
Lo que el artículo subraya es verificable y contundente. Los extranjeros poseen unas 13 millones de hectáreas, cerca del 5% del territorio, un área comparable a Inglaterra. La ley de 2011 pone topes —15% por departamento, 30% por nacionalidad— que en lugares como Lácar, en Neuquén, están largamente excedidos: allí la propiedad foránea ronda el 54%, y un puñado de entidades estadounidenses concentra 144.313 hectáreas, catorce veces más que la comunidad mapuche Curruhuinca que reclama acceso al agua. La Corte Suprema acaba de despejar el camino para revisar esa ley; el Senado aprobó una versión descafeinada del proyecto de inviolabilidad de la propiedad privada, sin los dos artículos más conflictivos, pero con otros que agilizan desalojos y dificultan expropiaciones. El Rigi, el régimen de incentivos a la inversión, y un «súper Rigi» para megaproyectos que consumen agua y minerales críticos completan el cuadro. Un profesor de la UBA lo sintetiza con una frase que el diario destaca: no es lo que podría pasar, es lo que ya pasa. Hay un «aluvión de desalojos» en Jujuy, Neuquén, Chubut y Misiones.
Ese es el hilo narrativo: Argentina como territorio en venta, con un presidente que retira los frenos y comunidades que resisten. La escena de Esquel, la marcha de la bronca, la profesora octogenaria en las calles y en los tribunales, le da al relato un rostro humano y una dignidad que el texto no necesita inventar. Es periodismo sólido y es, también, una elección editorial.
Lo que ese encuadre omite es tan revelador como lo que muestra. El artículo habla de soberanía ambiental, de derechos indígenas, de desigualdad habitacional, pero no menciona una sola vez el debate sobre la productividad de la tierra, el empleo rural o la inversión que el gobierno dice buscar. La extranjerización aparece como una amenaza sin contraparte: nadie en el texto defiende la apertura, nadie explica por qué un país con reservas de litio y Vaca Muerta podría querer capital externo. El propio diario consigna que Peter Thiel compró un 1% de Vista, pero no dice qué produce Vista ni por qué importa. El marco es impecable en su denuncia y perfecto en su unilateralidad.
Hay, además, una tensión que el texto roza sin resolver. La ley de 2011, dice, ya estaba «socavada por su alcance no retroactivo»: es decir, los incumplimientos que el artículo denuncia como consecuencia del mileísmo venían de antes. El gobierno actual agrava la tendencia, la acelera, la legitima, pero no la inventa. Esa distinción —entre lo que Milei desata y lo que hereda— se diluye en la urgencia del presente. La prensa extranjera prefiere el relato de la ruptura al de la continuidad, porque la ruptura tiene protagonista y la continuidad tiene sospechosos incómodos.
El resto de los titulares de hoy confirma que Argentina, para la mirada de afuera, es sobre todo dos cosas: Messi y Milei. La despedida del jugador ocupa tres de los ocho titulares relevados, con un despliegue que va del homenaje a la pequeña nación africana que lo espera. La peregrinación a Luján, la investigadora que estudió plaguicidas y está a un paso del despido, el temor regional por los derechos de las mujeres, la advertencia sobre Malvinas y el petróleo: todo eso convive en la misma página, pero en un plano secundario. El país que la prensa internacional elige contar hoy es el de la tierra que se vende y el del ídolo que se va. Entre esos dos extremos —la soberanía perdida y la gloria que termina— cabe una Argentina que, vista desde fuera, parece siempre estar despidiéndose de algo.
No es un mal retrato. Es un retrato parcial. La profesora Sahores, con sus 84 años y su cartel, merece la atención que recibe. Pero el lector extranjero que cierre el artículo sabrá que hay tierras que se venden y comunidades que resisten, y no sabrá casi nada de por qué se venden, quién las compra, para qué, ni qué dicen los que creen que ese capital es la única forma de que esas provincias tengan algo más que paisaje. La extranjerización es un problema real. Contarla como si tuviera un solo lado es, también, una forma de simplificar un país que rara vez se deja simplificar.