Hay una escena que Ariel Dorfman reconstruye en The Guardian y que conviene mirar despacio, porque no es la que el titular promete. Es la una de la madrugada del 6 de octubre de 1988, frente al palacio presidencial en Santiago, cuando el general Fernando Matthei, miembro de la junta, reconoce públicamente que el «no» ha ganado y desactiva el autogolpe que Pinochet estaba considerando en ese mismo instante. Dorfman estaba ahí. El artículo, sin embargo, no es sobre Chile. Es sobre Estados Unidos, sobre las elecciones de medio término de noviembre, y Chile aparece como parábola útil: un dictador monomaníaco, impopular, sostenido por una corte suprema sumisa, decretos, noticias falsas que llaman comunistas a sus opositores, una oligarquía neoliberal y el mando absoluto de las fuerzas armadas, pierde igual. La moraleja es edificante y el autor la formula sin ambages: ningún poder, ningún dinero, ninguna mentira basta si la gente valiente es resuelta e inteligente.
Hasta aquí, la operación es legible y hasta previsible: Chile como espejo admonitorio para la democracia estadounidense, un género que la prensa anglosajona cultiva desde hace décadas. Lo genuinamente nuevo, lo que no habíamos leído antes en este tablero, está en las líneas finales del texto, casi como un descargo. Dorfman escribe que José Antonio Kast, admirador de Pinochet que querría indultar a los agentes condenados por violaciones graves a los derechos humanos, es hoy presidente de Chile. Data su victoria en diciembre de 2025 y la atribuye, en parte, a una población económicamente angustiada que cayó en una plataforma rabiosamente antiinmigrante y en promesas de enfrentar una ola de narcodelincuencia que ha sacudido al país. Y añade el dato que lo desvela: un 56% de votantes dispuestos a hacer la vista gorda ante la negación de las atrocidades pasadas. Es, dice, causa de luto.
El encuadre extranjero, entonces, hace algo más sutil que informar sobre Chile. Lo usa dos veces y en direcciones opuestas. Primero lo convoca como esperanza para Estados Unidos: miren lo que logró el «no» de 1988. Después lo menciona como advertencia: miren lo que Chile es hoy, con un presidente que reivindica a Pinochet y una mayoría que tolera su negacionismo. La misma nación sirve de lección y de contraejemplo en el mismo artículo, sin que el autor parezca notar la tensión. La transición chilena, que el texto celebra como ininterrumpida sucesión de presidentes de distinto signo, desemboca en el hombre que Dorfman describe como continuador del legado que creía enterrado. La sombra del dictador, concede, todavía se cierne sobre Chile.
Lo que el artículo omite es tan revelador como lo que afirma. La explicación de la victoria de Kast se reduce a dos causas: angustia económica y miedo al crimen, con el añadido de la inmigración. No hay mención del sistema político, de los partidos, de la izquierda, del debate constitucional que ocupó años enteros, de la propia campaña. La sociedad chilena aparece como masa reactiva que «cae» en una plataforma, no como sujeto que decide entre alternativas. Y el 56% se ofrece como cifra escandalosa sin contexto: no se dice qué se preguntó, a quién, en qué circunstancias. Es el tipo de dato que impresiona más cuanto menos se explica.
Los otros dos titulares del día completan el cuadro por ausencia. Infobae América publica un reportaje sobre la fiebre del oro, la violencia racial y la guerra estatal contra los pueblos indígenas, que en el tablero figura bajo la etiqueta de Chile pero cuyo texto no permite saber si ocurre en Chile o en otro país de la región; el titular, en cualquier caso, no nombra a Chile. El New York Times rescata a Eugenia Errázuriz, la mujer que abrió puertas para Picasso, un ejercicio de arqueología cultural que devuelve al país como cantera de mecenas olvidadas. Entre la parábola política de Dorfman y la nota de color artístico, Chile queda retratado, otra vez, en dos registros que se excluyen: el laboratorio de lecciones para otros y el archivo de curiosidades elegantes. Lo que ocurre aquí, mientras tanto, no aparece.
Dorfman termina su columna con una frase que se corta a mitad de palabra, «the United Sta», como si el texto se hubiera truncado justo cuando iba a nombrar de nuevo a su verdadero destinatario. No es un mal emblema del día. Chile, en la prensa extranjera, vuelve a ser el lugar del que se habla para hablar de otra cosa.