Hay algo que conviene decir de entrada: la prensa extranjera no tiene hoy ninguna noticia nueva sobre Chile. El único despacho que lo menciona es la columna de Ariel Dorfman en The Guardian, y esa columna no fue escrita para informar sobre el país. Fue escrita para advertir a los Estados Unidos de Trump a partir de una analogía con el plebiscito de 1988. Chile comparece aquí, una vez más, en calidad de material didáctico.
Dicho eso, hay un elemento en el texto que no habíamos visto formulado con esta crudeza y que merece atención. Dorfman no se detiene en la dictadura ni en la transición: avanza hasta el presente y afirma que José Antonio Kast, «admirador de Pinochet que querría indultar a los agentes de la dictadura presos por violaciones graves a los derechos humanos», es hoy presidente de Chile. Su victoria, escribe, se explica en parte por una población económicamente angustiada que cayó en una plataforma rabiosamente antiinmigrante y en promesas de enfrentar una ola de crimen narco que ha sacudido al país. Y añade un dato que le provoca duelo: un 56% de votantes estuvo dispuesto a hacer la vista gorda ante la negación de las atrocidades del pasado.
Es la primera vez, en lo que va de esta serie, que un columnista extranjero de primer nivel inserta el presente chileno en la misma frase que la dictadura, no como herencia lejana sino como continuidad. Y lo hace sin aspavientos, como quien constata un hecho incómodo. La sombra de Pinochet, escribe, sigue proyectándose sobre Chile. No es una metáfora: es una tesis sobre el estado actual del país.
El encuadre, sin embargo, tiene un costo. Chile aparece en el artículo únicamente como caso, como precedente, como espejo. Lo que el país discute hoy —su sistema político, sus fracturas, su economía, su debate constituyente o su criminalidad— no interesa en sí mismo; interesa en la medida en que ilustra una advertencia para los lectores estadounidenses. La afirmación de que Kast ganó en diciembre de 2025 se ofrece sin matices, sin contexto electoral, sin mención de su programa más allá del indulto y la inmigración. El lector de The Guardian cierra la columna sabiendo que Chile eligió a un admirador de Pinochet y que eso es preocupante. No sabe mucho más.
Hay, además, una omisión que el propio texto hace visible sin proponérselo. Dorfman dice que se fuerza a preguntarse, «en este otro octubre prometedor y aciago», si «en este otro país» —Estados Unidos— hay conciencia de lo que está en juego. La frase queda cortada en el material disponible, pero la dirección es clara: el autor piensa en su país de adopción, no en el de origen. Chile, que le arrancó el duelo, ya no es el destinatario de la advertencia. Es la prueba de que las advertencias se pueden desoír.
Eso es, quizá, lo genuinamente nuevo de hoy: no un dato sobre Chile, sino el lugar que Chile ocupa en el relato. Durante décadas fue el laboratorio del neoliberalismo, luego el ejemplo de transición democrática, después el caso de estallido social. Ahora empieza a ser otra cosa: el país que, habiendo derrotado a un dictador en las urnas, eligió décadas más tarde a quien lo reivindica. La prensa extranjera lo registra, pero no lo investiga. Lo usa.
No hay más titulares. El panorama no se ha movido. Pero el matiz —Chile como advertencia consumada y no solo como esperanza cumplida— es suficientemente serio como para no dejarlo pasar.