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🇵🇦 Panamásábado, 10 de octubre de 2026

Hay una escena que los titulares de Infobae América dejan entrever sin subrayarla del todo: pacientes de un hospital panameño atendidos en la calle porque el edificio no resistió. Es la imagen que la prensa extranjera elige para abrir su cobertura del terremoto, y no es casual. Antes que el detalle geológico o la cifra de daños, lo que se destaca es la intemperie sanitaria, la medicina practicada a cielo abierto. La mirada de afuera, cuando mira a Panamá en desgracia, busca siempre ese plano: la infraestructura pública fallando en el momento en que más se la necesita.

El resto de la jornada informativa confirma el patrón. Los despachos acumulan cifras que no terminan de cuadrar entre sí —el Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá habló primero de magnitud 7.2, el Servicio Geológico de Estados Unidos la situó en 7.7, y un titular intermedio de la propia agencia fijó 7.6—, lo que revela menos un caos informativo que la dificultad real de medir un sismo en tiempo real. Las autoridades reportan quince estudiantes lesionados, heridos leves, interrupciones eléctricas, problemas de agua potable, réplicas persistentes y olas anómalas de hasta tres metros en Isla Cañas. Coclé, Herrera, Veraguas y Los Santos concentran las evaluaciones. La Catedral de Santiago, el edificio municipal de esa ciudad y construcciones históricas de Penonomé figuran entre lo dañado. El alcance definitivo de las pérdidas, dicen, todavía no se conoce.

Sobre ese cuadro material se monta el relato financiero, que es el que Infobae América desarrolla con más detalle. El ministro de Economía y Finanzas, Felipe Chapman, contactó personalmente al BID, a CAF, al BCIE, al Banco Mundial y al FMI para conseguir recursos. No precisó montos, modalidades ni plazos. Es el primer acercamiento del Gobierno a sus socios multilaterales para financiar la respuesta, y el medio lo presenta como lo que es: una gestión en marcha, sin cifras, sin calendario. La solidaridad internacional también llegó en palabras —Estados Unidos moviliza recursos y personal a solicitud panameña, Colombia, Guatemala, México, Chile y Türkiye ofrecen apoyo—, aunque el propio texto advierte que no todos los ofrecimientos implican envío inmediato de equipos o suministros. Esa frase, discreta, es la más honesta del despacho.

Lo que la prensa extranjera subraya, entonces, es la secuencia conocida: catástrofe, evaluación, búsqueda de fondos, solidaridad diplomática. Lo que omite es igual de elocuente. No hay, en el material disponible, una sola voz de las comunidades afectadas de las provincias centrales, ni un testimonio de los damnificados, ni una estimación de cuántas viviendas quedaron inhabitables. La emergencia se cuenta desde arriba: ministros, presidentes, organismos, secretarías de Estado. El país que aparece es un Estado que gestiona, no una sociedad que resiste. Y hay un dato que conviene retener: el terremoto ocurrió el viernes 9 de octubre, y lo que hoy se publica es la fase administrativa de la respuesta, no la humana.

Panamá, para la mirada de afuera, vuelve a ser un país que se mide por su capacidad de conseguir crédito multilateral y por la solidez de sus edificios públicos. Ambas cosas, hoy, están en entredicho. La primera porque los montos no existen todavía; la segunda porque los pacientes siguen en la calle.

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