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🇵🇦 Panamálunes, 12 de octubre de 2026

El terremoto de Panamá cumple su tercer día en la prensa extranjera y ya no hay desastre que contar. Lo que hay es un aeropuerto. Infobae América dedica su despacho de hoy a informar que las dos pistas de Tocumen no presentan daños visibles, que los puentes de abordaje siguen operativos y que los vuelos comienzan a ajustarse a la programación habitual de los bancos de conexiones. El epicentro en Tonosí, las viviendas dañadas en Los Santos, Herrera y Veraguas, la gente que sigue sin agua ni electricidad y con dificultades para recibir asistencia humanitaria: todo eso aparece, sí, pero al final del texto, como contexto necesario para explicar por qué hay retrasos en el aeropuerto. La noticia, en el encuadre de afuera, es que el hub funciona.

No es un detalle menor. Panamá tiene una economía construida sobre la premisa de que el istmo es un lugar de paso, y Tocumen es la pieza más visible de esa premisa. Cuando la mirada extranjera informa sobre el país, tiende a verificar primero si el paso sigue abierto. El despacho de Infobae lo hace con una minuciosidad que roza lo aeronáutico: revisa pistas, revisa objetos extraños sobre las superficies de aterrizaje y despegue, revisa puentes de abordaje, informa que las suspensiones preventivas se levantan solo tras comprobar condiciones seguras. El gerente general de Tocumen, José Ruiz Blanco, aparece citado coordinando con las aerolíneas para agilizar reprogramaciones. Copa Airlines, por su parte, amplía su política de flexibilidad para boletos emitidos hasta el 9 de octubre, con viajes programados entre el 9 y el 14 de octubre, permite reprogramar sin cargos ni diferencias de tarifa hasta el 31 de octubre, conserva el valor de los boletos como crédito y habilita reembolsos incluso en tarifas originalmente no reembolsables. Es un comunicado de aerolínea reproducido con fidelidad, y en ese gesto hay una jerarquía: lo que le importa al lector extranjero es si su conexión se sostiene.

El contraste con el terreno es notable, y el propio texto lo delata cuando menciona, casi de pasada, que el terremoto dejó daños en viviendas, centros educativos, establecimientos comerciales, carreteras y puentes, y que las provincias más afectadas enfrentan interrupciones de servicios y dificultades para recibir asistencia humanitaria. Esa frase, colocada en el penúltimo párrafo, contiene el verdadero desastre. Pero no es la noticia. La noticia es que las pistas resistieron. La mirada de afuera, cuando mira a Panamá, no pregunta cómo están los panameños: pregunta si el país sigue sirviendo como corredor. Es una mirada logística, no humana, y no es nueva: es la misma que durante décadas ha reducido al istmo a la condición de canal, de zona franca, de centro bancario, de plataforma de conexiones. El terremoto, en este encuadre, es un incidente de infraestructura antes que una tragedia social.

Hay, además, un detalle que el despacho no subraya y que conviene leer con atención: la política de Copa cubre boletos emitidos hasta el 9 de octubre con viajes programados entre el 9 y el 14 de octubre de 2026. La fecha, tal como aparece en el texto, introduce una confusión temporal que el lector extranjero probablemente no advierta y que el lector panameño sí. No es un error menor en un despacho que se apoya en la precisión operativa como fuente de autoridad. Pero el encuadre no se sostiene sobre la exactitud de las fechas, sino sobre la idea de que el sistema aeroportuario panameño resistió y se recupera. Esa es la narrativa que se exporta: un país resiliente en su función de tránsito, con protocolos que funcionan, con aerolíneas que flexibilizan, con un gerente que coordina. Las réplicas que mantienen activos los protocolos de seguridad y las operaciones de emergencia en las zonas impactadas quedan como una nota al pie, como el ruido de fondo que no altera la conclusión principal.

El resultado es un retrato de Panamá como infraestructura antes que como sociedad. La prensa extranjera no miente: las pistas no tienen daños visibles y los vuelos se reprograman. Pero elige contar eso, y al elegirlo construye un país cuyo valor se mide en la continuidad de sus conexiones, no en la dignidad de sus damnificados. Es una mirada cómoda, la del viajero que necesita saber si su vuelo sale, y es también una mirada incompleta, porque deja fuera de foco a las poblaciones de Los Santos, Herrera y Veraguas que siguen esperando asistencia mientras el mundo se informa de que Tocumen opera con normalidad. Panamá, en este encuadre, no es un país que tiembla: es un aeropuerto que resiste. La diferencia, para quien vive del otro lado de la pista, no es menor.

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