La prensa extranjera que hoy mira a El Salvador tiene dos historias en la mano, y ninguna de las dos ocurre en El Salvador. La primera es un rescate en el mar Jónico: una salvadoreña de 44 años cayó de un crucero al suroeste de Zante, permaneció cerca de veinticuatro horas a la deriva dentro de un salvavidas circular y fue encontrada con vida por un buque de carga que participaba en el operativo, según relata Infobae América citando a EFE y a la Guardia Costera griega. La segunda es una proyección de negocios: la Cámara de Comercio e Industria salvadoreña espera conectar a más de setenta empresas en más de trescientas citas internacionales. Un cuerpo flotando en el Mediterráneo y una feria de contactos empresariales. Ese es, hoy, el país según la prensa de afuera.
Conviene detenerse en la primera pieza, porque su valor informativo es real y su encuadre es revelador. Los hechos, tal como los consigna el medio: el aviso llegó el viernes 9 de octubre; la Guardia Costera griega desplegó dos embarcaciones, se sumaron naves privadas y un helicóptero de la Fuerza Aérea; los rescatistas hallaron primero un dispositivo luminoso intermitente, separado del flotador; la mujer fue localizada a la mañana siguiente dentro del salvavidas, consciente, y dos tripulantes le preguntaron en inglés si estaba bien antes de arrojarle una cuerda. Fue trasladada al puerto de Katakolo y derivada a un hospital. Las autoridades no informaron su estado de salud posterior, ni las circunstancias de la caída, ni cómo accedió al salvavidas. El medio cierra con un dato que funciona como eco: el naufragio de José Alvarenga, el salvadoreño que sobrevivió catorce meses a la deriva tras zarpar de México en 2012.
Ese cierre no es casual. La prensa extranjera tiene, para El Salvador, un repertorio limitado de moldes narrativos, y uno de los más resistentes es el del salvadoreño que sobrevive contra todo pronóstico en un escenario ajeno. Alvarenga lo encarnó con una fuerza que catorce años después sigue sirviendo de plantilla. La mujer del Jónico entra en ese molde sin esfuerzo: la víctima que se aferra, el rescate providencial, el final abierto. Es una buena historia, y está bien contada. Pero es una historia sobre el mar Jónico, sobre un crucero, sobre la Guardia Costera griega y sobre la fortuna. El Salvador aparece únicamente en el gentilicio de la protagonista y en la memoria de un naufragio anterior. El país es, en esta pieza, un origen, no un tema.
La segunda nota completa el cuadro por contraste. Setenta empresas, trescientas citas de negocios: una noticia de promoción comercial, sin conflicto, sin contexto, sin voces críticas. Entre el drama humano del Mediterráneo y la agenda de una cámara empresarial, la jornada informativa sobre El Salvador queda cubierta. No hay violencia, no hay política, no hay economía doméstica, no hay sociedad civil. Hay una salvadoreña que flotó y hay una feria que se prepara.
Cabe decirlo con franqueza: el panorama no se ha movido gran cosa. Los editoriales de estos días han registrado el socorro climático, el simulacro sísmico, las lluvias y el crucero turístico. Hoy la novedad es el náufrago del Jónico, y su función es la de siempre: recordarnos que, cuando El Salvador no está en las portadas por sus crisis, aparece en las páginas de sucesos por el infortunio de uno de sus hijos en el extranjero. La mirada de afuera prefiere el accidente individual al proceso colectivo, la anécdota al análisis. Es más barato, más rápido y más vendible. Y deja, como saldo, un país que solo existe cuando algo le pasa a alguien en algún otro lugar.