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🇨🇴 Colombiamartes, 6 de octubre de 2026

Hay días en que la prensa extranjera mira a Colombia y ve un país. Hay días, como hoy, en que mira a Colombia y ve una ruta. El artículo que The Guardian dedica al carguero Phoenician M es, en apariencia, la crónica de una injusticia individual: Ali Albokhari, primer oficial finlandés-sirio de 42 años, cumple condena de treinta años en Turquía por un alijo de cocaína que apareció en la bodega de su barco y que él, según el relato, no podía ni conocer ni controlar. Su esposa Elena libra desde Helsinki una batalla solitaria por liberarlo. Es una historia humana, bien contada, con esa textura de novela marítima que el periodismo británico domina. Pero leída desde Colombia, la historia dice otra cosa: dice que este país aparece en la geografía del narcotráfico mundial no como Estado, ni como sociedad, ni como conflicto, sino como escala técnica. Barranquilla es, en el texto, el lugar donde unos oficiales de la Armada suben a un buque, encuentran 137 kilos de cocaína escondidos en bolsas de deporte con el escudo del Kayserispor turco, retiran la droga y, dos días después, autorizan al barco zarpar. Eso es todo. Colombia entra y sale del relato en dos párrafos, como una estación de servicio donde se carga mercancía y se firma un permiso.

No es un detalle menor. El artículo, publicado por The Guardian, construye su argumento central —que los marineros son chivos expiatorios fáciles mientras las navieras y las aseguradoras quedan impunes— sobre una premisa que da por sentada sin examinarla: que en puertos colombianos la cocaína se coloca en los barcos con una facilidad casi administrativa. El texto cita el caso de 2019 del capitán polaco Andrzej Lasota, dos años de prisión en México por 240 kilos plantados en Barranquilla, y lo presenta como precedente de una práctica sistemática. La consecuencia narrativa es clara: Colombia queda retratada como un punto de origen donde la droga fluye, se embarca y sigue su camino, sin que nadie pregunte quién la puso ahí, con qué complicidades locales, bajo qué arreglos portuarios. La mirada extranjera, tan atenta a la vulnerabilidad del marino europeo, no siente curiosidad por la vulnerabilidad del puerto colombiano. El colombiano no comparece. Es paisaje.

Esta es la novedad real del día, y conviene decir que no es exactamente una novedad: es la persistencia de un encuadre. Los otros dos titulares de la jornada —el barrio más cool de América Latina, según BBC Mundo, y la competencia de las fintech por los ahorros de los colombianos, según El País América— completan el tríptico con una precisión casi involuntaria. Por un lado, Colombia como destino de consumo y tendencia: Chapinero Alto, sus cafés, su arquitectura, su vida nocturna, un país que se deja visitar y fotografiar. Por otro, Colombia como mercado emergente donde Nu y Revolut se disputan depósitos y clientes, un país que se deja invertir. Y en el centro, el carguero: Colombia como plataforma logística del narcotráfico, un país que se deja atravesar. Los tres encuadres comparten una misma operación: Colombia es el escenario donde ocurren cosas, nunca el sujeto que las decide. El barrio cool no tiene habitantes con nombre; el mercado fintech no tiene reguladores ni historia bancaria; el puerto no tiene autoridades que expliquen por qué un barco con 137 kilos hallados a bordo recibe permiso de zarpar en cuarenta y ocho horas. La prensa extranjera no miente. Simplemente elige, cada día, qué parte de Colombia le sirve como decorado.

Hay, sin embargo, un matiz que merece reconocerse. El artículo de The Guardian no es una pieza sobre Colombia; es una pieza sobre la criminalización de la gente de mar, y en ese marco Colombia es una pieza más de un engranaje global que va de Barranquilla a Ereğli pasando por Altamira. Eso es, en sí mismo, un dato periodístico valioso: sugiere que el narcotráfico ya no se narra desde los países productores sino desde los países de tránsito y destino, desde las víctimas colaterales del sistema marítimo internacional. Colombia ha sido desplazada del centro del relato del narcotráfico. Ya no es el problema; es la infraestructura. Es un cambio de estatus narrativo que debería inquietar tanto a quienes celebran la disminución de la estigmatización como a quienes advierten que la estigmatización simplemente cambió de forma. Antes Colombia era el cártel. Ahora es la bodega. En ambos casos, alguien más escribe la historia.

Queda una pregunta que el material no responde y que el editorial no puede resolver: qué pasó exactamente en Barranquilla entre la incautación de los 137 kilos y la autorización de zarpe. El texto de The Guardian no lo dice. No dice si hubo investigación, si hubo detenidos, si hubo explicación oficial. Se limita a consignar que la droga fue retirada y que el buque continuó viaje. Esa omisión, atribuible al foco del artículo y no necesariamente a una intención editorial, es la que deja a Colombia fuera de su propia historia. Y es, quizá, la lección del día: mientras la prensa extranjera siga encontrando en Colombia un puerto y no un país, seguirá contando historias donde los protagonistas tienen pasaporte europeo y los colombianos son, en el mejor de los casos, una acotación geográfica.

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